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May

La gran decepción

Escrito el 24 mayo 2012 por Law School en Artículos de Opinión

Marco de Benito. Profesor de IE Law School

Es oficial: Baltasar Garzón, “el hombre que veía amanecer”, dicta resoluciones injustas a sabiendas. El otrora superjuez se dedicaba –mediante “prácticas que solo se encuentran en regímenes totalitarios”, según reza la sentencia– a escuchar las conversaciones de imputados con sus abogados defensores. Por eso el señor Garzón ya no podrá ser juez en muchos años: un alivio para cualquier amigo de la libertad.

En efecto: si algo hay sagrado en la justicia, es el derecho de defensa. Sin él, todo el edificio del Estado de derecho se viene abajo. Si los ciudadanos no tienen la seguridad de que las conversaciones con sus abogados son privadas, protegidas por una absoluta reserva, su confianza en ellos desaparece y entonces quedan en la más kafkiana soledad frente al aparato punitivo del Estado. Sin secreto de las comunicaciones, el derecho a la defensa no pasa de ser mera apariencia de derecho, fantasmagoría sin sustancia o realidad alguna.

Singularmente censurable ha sido el proceder del Ministerio Fiscal, que faltó reiteradamente a su deber de acusar ante unos hechos que presentaban notorio carácter delictuoso. ¿Habría actuado de igual forma de ser otro el acusado, figura clave de la izquierda entonces en el gobierno?

Pero no se piense que esta es la única causa a que está teniendo que enfrentarse el señor Garzón. Tampoco es la más grave. Más lo es el caso de los dineros recaudados por Garzón de grandes empresas que, casualmente, tenían causas abiertas en su juzgado. “Querido Emilio”, decía Garzón dirigiéndose a Emilio Botín, el banquero más importante de España, con la amigable cordialidad que suele afectar a todo buen sablista; pero luego matizaba sutilmente esa cordialidad –la neutralizaba, se atrevería a pensar alguno– con la firma al pie del título del solicitante: Magistrado-Juez del Juzgado Central de Instrucción Nº 5 de la Audiencia Nacional. Esta imputación se acaba de archivar, unos días después de la condena por las escuchas ilegales, al haber apenas prescrito el delito de cohecho en que –según el propio auto de archivo– encajaba semejante “estrategia recaudatoria”. Y más grave es aun, a nuestro sentir, aventurarse a convocar los espantosos fantasmas de nuestra Guerra Civil, que prudentes iniciativas legislativas habían pretendido en su momento conjurar: y no para sepultar en el olvido memorias que en muchas familias españolas de ambos bandos aún alientan dolorosamente, sino para dar fe de la genuina reconciliación que está en la raíz de nuestro presente existir como nación.

Garzón fue en su día espejo de jueces, modelo de instructor justiciero. Hoy, degradado, camina hacia un porvenir incierto, lejos de la justicia que le ve partir, decepcionada.

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