26
Ene

Pedro Letai.

Quizá no se le puedan poner puertas al campo, como dicen los más pesimistas al hablar de la piratería en Internet. Pero el pesimismo no deja de ser darle unos metros de ventaja a la dejadez, y con el desenlace del caso Megaupload algunos hemos visto un resquicio de luz al otro lado del túnel.

El pasado 19 de enero, el FBI cerró el portal de descargas Megaupload, deteniendo a su cabeza pensante, Kim Schmitz. En el momento de escribir estas líneas, la fiscalía había solicitado que no se le concediera la libertad condicional, al entender que éste tiene recursos suficientes para huir del país. Tras ver las fotos de algunas de sus fiestas y de algunos de sus bienes patrimoniales, somos muchos los que tenemos la misma intuición que la fiscalía. El personaje, aunque sin duda ha de contar con la absoluta presunción de inocencia, bien podría participar en una competición de seres siniestros.

La visceral reacción de los defensores del mal llamado libre acceso a la cultura, así como la masiva eliminación de contenidos e incluso cierre de otros servicios de alojamiento en Internet, hacen pensar que el paso dado no debe de ser tan insignificante como algunos se apresuraron a proclamar. Mientras, la recaudación de los cines en EE.UU. ha mejorado en un 32% esta misma semana, y videoclubs de pago en streaming como Filmin han duplicado su tráfico en nuestro país.

Cierto es que el servicio que Megaupload ofrecía también contaba con una nube en la que almacenar e intercambiar con otros usuarios archivos tales como fotos, apuntes o planos de gran peso informático. Sin embargo, no se puede cerrar los ojos al hecho de que el incontestable éxito de este servicio radicaba en albergar copias ilegales de contenidos protegidos por derechos de propiedad intelectual y distribuirlas entre sus usuarios. En otras palabras, un negocio de tapadera o cobertura.

Quedan enormemente desprotegidos los usuarios de Megaupload que tuvieran en su nube ficheros personales a los que ya no pueden acceder, demostrándose así que el preocupante apogeo de la piratería digital no solamente afecta a los autores, artistas y productores, sino también a inocentes usuarios que confiaron sus designios a servicios cuyo fin último era ilícito.

El acceso a la cultura es tan libre como el acceso a la vivienda, constitucionalmente reconocido. Otra cosa ya es que el Gobierno regale adosados o que los artistas trabajen a cambio de nada. Mientras el capitalismo se tambalea por falta de liquidez, pero sobre todo por falta de respuestas, no parece el mundo de la cultura el que menos respuestas, y más vale tarde que nunca, esté buscando ante la acuciante necesidad de ofrecer nuevos modelos de negocio a los usuarios de Internet. Ahí tenemos el ejemplo de Spotify, y otros, que pidiendo a cambio cantidades muy razonables, permiten a sus usuarios el acceso a infinidad de contenidos protegidos. Trata el mundo del cine de adecuarse igualmente, aunque el suyo sea un negociado más difícil de amortizar, pues como le escuché decir recientemente a Icíar Bollaín, “puedes ser Bob Dylan solo con una guitarra, pero no Orson Welles con un móvil”.

Al final, todos necesitamos arte para el espíritu, aunque luego despreciemos constantemente su valor. Es como en aquel maravilloso verso del poeta Fernando Pessoa, “no quiero rosas con tal que haya rosas”.

Respetemos, por tanto, a quienes nos nutren legalmente de esos contenidos y con ello, como se ha visto con Megaupload, también a nosotros mismos. Porque eso sí que es importante.

 

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